Mi ciudad
Veo a mucha gente que se sabe los mejores sitios en Cantabria: para tomar algo, comer no sé qué o pedir un el helado. Lo saben muchísimo mejor que yo. No tengo ni idea de qué restaurante de Ribamontán al Mar es la joya escondida del verano 2026.
Mis ojos no son los suyos. Cada vez que vuelvo yo veo cosas diferentes. En cada esquina recuerdo algo: la cafetería donde iba con Pablo y Sara en la universidad, la esquina donde estaba el cíber al que fui con Álvaro un día que nos saltamos la clase de coro, la esquina de la casa de Inma (QEPD), donde me declaré, donde rompimos, aquel sitio que antes era de ese hombre que vino de Barcelona a intentar tener éxito con moderneces, cosas que siempre serán otras cosas (el Indian, el Lolis), la parada del bus del instituto (ahora con marquesina), la casa del último año de carrera de Quique y Sara, el inolvidable Local, etc. Podría seguir escribiendo pero solo yo me lo pasaría bien.
Son los inviernos lo que te hacen ser íntimo de Santander. Cae el agua, sin parar, y te coge confianza. Luego llega el verano, y volvemos todos. No es lo mismo, hay demasiada gente para que Santander se muestre como es: húmeda, fría, algo distante. Como los santanderinos, la ciudad aparenta en verano. A partir de octubre, con las buenas olas, vuelve la verdadera personalidad.
He dado ciertas vueltas en mi vida. Estoy acostumbrada a ir a una ciudad y desenvolverme sin conocer, creo que por eso me es tan especial conocer algo tan íntimamente. Saber qué significa cada una de las baldosas, haberlas visto ganar arrugas.